8 de septiembre de 2013

La experiencia de las sonrisas

 Hola, mis queridos y abandonados lectores.
 ¿Pensabais que me había olvidado de vosotros? Eso no sucederá, a no ser que el futuro traiga consigo alguna limitación que no me permita recordar, porque sin vosotros y sin vuestra fidelidad, mis palabras caerían en un saco vacío.
Hace días que quiero escribiros, sobre diversos temas además, y es que el verano me ha dado tiempo para reflexionar, pero no tanto para escribir. Lo cierto es que puede que durante estos meses estivales no haya leído, puede que el trabajo haya absorbido la mayor parte de mi tiempo y que sólo haya visto mi querida playa desde la distancia. Pero aún con esas tengo que deciros que ha sido un verano maravilloso en el que he conocido a muchas personas. Gente pasajera y gente que viene a mi vida para más tiempo. También he aprendido mucho (lecciones de la vida, como muchos dicen). En resumen, en estos últimos meses ha habido más de lo que esperaba, de lo que pedía y posiblemente de lo que podría haber imaginado a todos los niveles.
 Quiero hablaros sobre una de las cosas que me han hecho reflexionar mucho: como nuestra actitud afecta a los demás. ¿Os habéis parado a pensar el valor que tiene una sonrisa? Algo tan sencillo, tan barato y tan beneficioso para la salud… Me encanta sonreír. Y que me sonrían. Y que me hagan sonreír… Pero de lo que realmente quiero hablaros es de cómo una sencilla sonrisa vuestra puede cambiarle el día a alguien. A cualquier persona, la conozcáis o no.
 Un día estaba permitiendo que el estrés pudiera conmigo. Hubo problemas en el trabajo, la gente no se dignaba ni a decir buenas tardes, hacía calor y estaba cansada… poco a poco fui sumiéndome en un estado de ánimos un tanto desagradable. Entonces vino una pareja (una de esas que he tenido el placer de conocer estos días) con su positivismo, con una sonrisa en el rostro y comenzaron a hablar con un: “buenas tardes, niña”. Precisamente surgió con ellos la conversación sobre el tema del que os hablo. Y es que en aquel preciso momento me di cuenta de cómo la actitud de la gente había hecho mella en la mía. ¿Os habíais percatado de esto? ¿De cómo un saludo, una sencilla y breve frase puede cambiar vuestro estado anímico? Nuestra forma de afrontar el día directa o indirectamente afecta a las personas que nos rodean e incluso a las personas con las que sencillamente nos cruzamos.
 Tristemente hemos olvidado que somos un animal social. Que somos lo que somos en parte gracias a los demás. Que podemos decir que somos individuos porque vivimos en colectividad. El egoísmo y el individualismo se están adueñando de nuestro carácter y ya no damos los buenos días porque vamos tan concentrados en nuestros propios problemas, en nuestras propias vidas que no pensamos que hay otras vidas rodeándonos. No pensamos cómo una sonrisa y una frase educada van a alegrarle el día a otro. Es más, nos da igual.
 Comprobé en mi propia piel que la actitud de los demás me afecta y por ello decidí que la mía afectara también. Positivamente, por supuesto. Soy una persona bastante dicharachera pero nunca me había parado a pensar como eso podía afectar a los demás. Un simple segundo con alguien puede hacer que cambie su día. Entonces, ¿tanto cuesta, aparcar nuestros problemas una milésima de segundo y sonreír? Tratar de mostrar lo mejor de nosotros mismos y no estar siempre en nuestro mundo particular, aislado del resto, no sólo beneficia a los demás, sino que también nos ayuda a nosotros mismos a afrontar las cosas con otra actitud. La vida ya es lo suficientemente complicada y tiene las suficientes cosas malas como para que nos neguemos los pequeños placeres que están a nuestro alcance.

 Por todo esto os propongo que comencemos el otoño con una nueva actitud. Comprobadlo por vosotros mismos: deteneos un minuto, y sonreíd, dad las gracias, saludad y permitíos ver el blanco que hay en las tormentas.

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